Ciudades Biohabitables

¿Qué le dicen sus edificios cuando los ve de nuevo: el Reina Sofía en Madrid, la torre Agbar en Barcelona…?
Que ahora mismo les iría bien una limpieza.

Las ciudades deberían ser Biohabitables

¡…!

Sí, los he visitado y están sucios. No los limpian bien. ¿O es que aquí les gusta la arquitectura “mineral”?

¿…?

No debería ser así, porque tanto el Reina Sofía como la torre Agbar son arquitectura de cristal y es fundamental que esté limpia. ¿No cree?

Hace años me comentó que le divertía que apodaran a su torre el “supositorio”.

¡Ah, sí! Se trata de que me tengan el supositorio bien limpio, que ahora sólo luce de noche si es que tiene las luces encendidas.

¿Qué hace a una ciudad diferente de otra?

Primero sus raíces: su historia. Y después cómo, desde esa historia, lee, actúa, evoluciona y se adapta a lo que está pasando.

Por ejemplo.

¿Cómo responde cada ciudad a la introducción de energías renovables? ¿Sabe convertir la diversidad de la inmigración en riqueza e incluirla o la excluye en guetos?

Supongo que cada ciudad tiene –o no– inteligencia colectiva para adaptarse.

Tener inteligencia es tener una respuesta propia a cada desafío de la época.

¿En qué sentido?

Muchas ciudades no han aprovechado la prosperidad para ser mejores y más habitables, sino que, al contrario, la urgencia por ganar –correspondida ahora por la urgencia por recortar– les ha hecho adocenarse más de lo que ya estaban.

¿En qué?

Se construía día y noche y aparecían así edificios sin personalidad propia ni adaptados al entorno. Edificios que surgían como setas, como si los hubieran dejado caer en paracaídas en serie sobre unas cuantas ciudades. Por no saber aprovechar la prosperidad, esas ciudades han perdido riqueza.

Ahora mismo me conformaría con no acabar viviendo en Villa Pobre.

Es que le hablo de eso precisamente. Si una ciudad sabe caracterizarse y ser única, también sabe crear prosperidad y atraer a los talentos que saben crearla.

Diferenciarse como oferta: marketing.

Yo ya soy viejo, pero cuando empecé a viajar en los años sesenta me sorprendió más lo iguales que habían llegado a ser todas las ciudades que lo diverso que era el mundo. Por eso me propuse que la arquitectura evitara ese adocenamiento.

¿Cómo?

Las ciudades acaban pareciéndose en la medida en que su urbanismo y su construcción responden a la misma lógica: máximo beneficio en el mínimo plazo.

Ahora falla esa lógica y no vemos otra.

Pues deberíamos resistirnos con la lógica de lo humano. Las personas no somos una pieza más del sistema: somos su razón de ser. Lo hemos creado para que nos sirva y no al revés. Y en las ciudades es donde las personas, los ciudadanos, podemos frenar esa estupidez.

¿Adónde quiere ir a parar?

Que ahora debemos hacer más política que nunca, porque las ciudades hoy son habitables en la medida en que los ciudadanos hemos hecho política y hemos impuesto leyes que frenen la avaricia y sirvan a todos.

No siempre.

Por eso surgen esos miniapartamentos enanos para sueldos enanos… Y ese urbanismo monstruoso que margina a la mayoría. Nosotros deberíamos someter al capital y no al revés. En esa voluntad tiene que sustentarse cualquier arquitectura y urbanismo decente. Porque si no existe esa voluntad hecha ley, las ciudades se degradan.

Por ejemplo…

En las ciudades de capitalismo salvaje sin regulación y sin normas: las ciudades se vuelven clones.

A usted le han parado ya unos cuantos proyectos por falta de liquidez.

Es que la arquitectura puede desafiar el peso de la materia, pero no la ingravidez del capital.

Una ingravidez pesadísima.

Por eso la arquitectura debe formar parte de la resistencia o desaparecer, porque, para hacer ciudades clónicas obteniendo el máximo beneficio, no nos necesitan. Debemos volver a hacer política y volver a imponer con las leyes el peso de nuestros intereses –los de la mayoría– sobre los de los pocos que controlan el flujo de capitales.

Parece usted volver al 68.

Ya sé que no soy economista ni político, pero soy un ciudadano y tengo derecho a opinar. El hecho de ser conocido me da un altavoz, pero muy pocas posibilidades de cambiar las cosas. ¿Cuánta emoción siente usted al ver su ciudad?

Siempre es agradable ver lo que amas.

Pero no puede cuantificar, ponerle un número a la emoción y, para la lógica que nos domina, lo que no se puede medir no existe. En cambio, un arquitecto sabe poner en valor la emoción: lo no cuantificable.

¿Por qué los arquitectos tardan al menos hasta los 50 en consagrarse?

Tardas ocho años de media en ver realizado un proyecto, y sólo te dan crédito por los proyectos que ya has hecho realidad. Así que eche cuentas y sabrá por qué los arquitectos llegan viejos a la fama.

Entrevista completa en LV: http://bit.ly/tazSrD

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